El escándalo comenzó con una llamada que sonó a la condena. Un hombre, haciéndose pasar por fiscal, amenazó a la víctima con una causa penal por acoso sexual, generando temor inmediato.
Aprovechando el pánico y la confusión, el embaucador ofreció una ‘solución’ a cambio de un pago urgente. Así, el vecino terminó transfiriendo $600.000 a un alias que resultó ser una trampa.
Poco después, la víctima se dio cuenta del engaño y se dirigió a la Brigada de Investigaciones para presentar la denuncia. La situación dejó expuesta la fragilidad de las personas ante estos fraudes.
Este episodio no solo es un robo; es un reflejo de cómo la delincuencia se aprovecha de la desinformación y el miedo. La pregunta es: ¿qué se está haciendo para proteger a los ciudadanos de estas amenazas?
Mientras tanto, el autor de este acto infame se encuentra en libertad, riéndose de la situación. La justicia deberá actuar, pero mientras tanto, la preocupación sigue latente.
